martes, 27 de octubre de 2026

La caída de Vaghyr Kul

Saludos a todos, damas y caballeros.

Hace unos días publiqué el informe de batalla correspondiente a la segunda partida de la campaña "La Venganza de Khornelissen", y es verdad que, aunque fuera una partida muy corta, dio pie a unos cuantos momentos memorables... que es para lo que jugamos a esta clase de cosas. Consecuentemente, y como suele ser habitual en el caso de estas campañas, lo propio es traer un relato que lo inmortalice.

No sé si habrá algún atento lector que me diga que no escribí relato posterior a la primera de las partidas. Sospecho que esas cosas solo me preocupan a mí, como por otro lado es normal, y sé que tengo eso pendiente. Tampoco se me ocurre nada extraordinario que decir, salvo por el bicho ese clavao en el suelo que se merendó a la mitad de los contendientes. Pero bueno, de momento vamos con el que se podría llamar "por qué no es buena idea caminar cerca de un acantilado". Espero que os guste.

LA CAÍDA DE VAGHYR KUL

La nieve caía con una parsimonia que contrastaba con el nerviosismo del ingeniero brujo y lo enfurecía todavía más, como si nada tuviera derecho a la calma en su presencia. Una parte de su estado de excitación se debía a su propia naturaleza, y era algo de lo que no podía huir, pero aquel amanecer que se alzaba tiñendo de rojo las paredes del desfiladero traía otros elementos que añadían una enorme perturbación a su inquieta forma de ser. Sabía que, tarde o temprano, vería los macabros estandartes de los seguidores del dios de la sangre recortándose contra el sol que se alzaba. Los vigilantes que habían seguido el paso de la hueste a través de las montañas le habían dicho que eran pocos, pero muy poderosos, y los lideraba una hembra humana de extraordinaria demencia. Una horda así, por sí sola, podría causar serios estragos en Pico Sombrío.

Si llegaban a unirse a los salvajes que habían surgido de los desiertos, el nivel de destrucción que podrían provocar sería escalofriante.

No tuvieron que esperar mucho hasta que los adoradores del dios de la guerra aparecieron. El ingeniero brujo no los descubrió por sus estandartes: mucho antes de verlos, pudo escuchar sus tambores y sus desquiciados alaridos. Y mucho antes de escucharlos, pudo olerlos, pudo percibir el penetrante aroma de la sangre reseca en la que sin duda irían embadurnados. Todo ello con intención de llamar la atención de su beligerante deidad, supuso. El ingeniero brujo no sabía si conseguirían su propósito o no, pero desde luego sí habían llamado su atención.

Mientras su cola se retorcía nerviosamente y suprimía sus instintos naturales de echar a correr bien lejos, el ingeniero brujo extrajo varios frascos que contenían un líquido negro como el alquitrán y se lo dio a los soldados que lo rodeaban.

"¡Rápido-rápido! ¡Bebed-bebed!"

Ninguno de los soldados tenía muchas ganas de tragarse aquel brebaje de aspecto malsano, pero tampoco querían arriesgarse a que las pistolas brujas del ingeniero les volaran la cabeza, así que hicieron lo que les decía. Los laboratorios de Pico Sombrío eran el orgullo del Clan Broltich, y aunque la mayor parte de sus investigaciones se centraban en tecnomancia y armamento, siempre había espacio para comprobar el efecto de determinadas sustancias en sujetos más o menos dispuestos a formar parte de la expansión del conocimiento.

El ingeniero brujo rezó a la Gran Rata Cornuda para que aquel brebaje generara los efectos potenciadores de la agresividad que había esperado. Mientras tanto, sus extraños ingenios móviles arrancaron con un ronroneo que desafiaba el helor del alba. Iba a ser difícil controlarlos para que no cayeran por el desfiladero, pero por suerte ese no iba a ser su problema...

La trampa estaba dispuesta, y él estaba preparado para ocupar el lugar que le correspondía en todo ese infernal asunto: la retaguardia.

++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++

Si Vaghyr Kul hubiera sido una persona inclinada a la contemplación estética, habría podido percibir la gran belleza del paisaje que atravesaban en ese momento: los torrentes habían horadado un valle profundo entre la roca, muy por debajo del estrecho y peligroso camino que estaban atravesando, que bordeaba una de las cordilleras en que había quedado partida la tierra. Estaban cerca de la cumbre, por lo que el cielo se desplegaba sobre ellos en toda su amplitud, y el amanecer lo tintaba de vivos colores que se reflejaban en las montañas del otro lado, a apenas un kilómetro de distancia a vuelo de pájaro. Las nieves perennes atrapaban los reflejos del astro y los convertían en un espectáculo de luces a veces rosáceas, a veces anaranjadas, como un fuego a medio nacer. Era, en buena medida, un paisaje que predisponía a la paz.

Pero Vaghyr Kul odiaba la paz.

Desde que podía recordar, su alma irascible se había sentido atraída hacia el Sabueso, al dios cazador que ansiaba la sangre de los vivos y sus cráneos para colocarlos al pie de su trono y que nunca cesara la violencia. Aquella era la forma de vida más pura, la única para quien deseara la libertad y el poder. En su tribu insistían en adorar a todos los poderes del cambio, pero ella siempre había despreciado a los que ansiaban el conocimiento, la resistencia frente a las plagas o la vanagloria. Eran débiles, todos ellos. No podían ver dónde estaba de verdad la única meta a la que valía la pena consagrarse.

Solo unos pocos dentro de su tribu compartían su devoción fanática, pero eran suficientes como para marcar la diferencia, pues eran todos, del primero al último, asesinos consumados. Tal como exigía el Sabueso. Los primeros en entrar en la batalla, los que mejor botín obtenían, los más bendecidos por su deidad. Aquello podía satisfacer a Vaghyr Kul, pero no para siempre. Y, al escuchar los rumores en los arroyos que bajaban empapados en sangre de los Desiertos, al oler el inconfundible aroma de la matanza en los vientos lastimosos que procedían del norte, supo que un gran paladín se había alzado, y entendió lo que debía hacer. Junto a sus más fervientes seguidores, se separó de la tribu y marchó hacia el Paso de la Bruja para unir su espada a la de aquel a quien el Sabueso había elegido.

Y ya debía quedar poco, pensó esa mañana según se adentraba en el desfiladero. El Paso de la Bruja debía estar a un día de marcha, dos como mucho. Su sangre maldita hervía de furia en anticipación de la matanza, y habría dado cualquier cosa por poder hundir sus espadas en la carne de algún enemigo, el que fuera.

Y el Sabueso, siempre atento a sus plegarias, le concedió lo que deseaba.

++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++

Los hombres rata se abalanzaron sobre ellos con la furia de un alud. Algunos de ellos montaban en extravagantes artilugios mecánicos, artefactos que la sacerdotisa del Sabueso ni se molestó en intentar catalogar o comprender, pues no le parecían más que tecno-brujería... y odiaba la brujería, como era de esperar. Odiaba a casi todos los seres y las cosas, de hecho. Pero amaba la matanza, y entonó una sombría alabanza a su deidad patrona por la oportunidad que le concedía.

"¡Sangre para el dios de la sangre! ¡Cráneos para el trono de los cráneos!"

Uno de los hombres rata montados en aquellos cacharros infernales de dos ruedas cayó sobre ella. Su espada refulgía con un brillo malsano, síntoma de que estaba henchida de poder mágico... como pudo comprobar Vaghyr Kul cuando cayó sobre ella con mayor rapidez de la que pudo prever. La sacerdotisa apenas fue capaz de desviar un golpe que la habría matado, pero no pudo impedir que la espada atravesara su armadura como si fuera de papel y penetrara en la carne, causándole un dolor agónico. 

Sin embargo, el hombre rata había desperdiciado su única oportunidad. Podía dar un golpe, pero no iba a dar dos. Con un aullido de pura rabia, Vaghyr Kul decapitó al osado hombre rata y sostuvo su cabeza en alto para que el Sabueso viera su hazaña.

Sin embargo, pronto notó que se movía sin querer. Estaba atrapada en una marea humana entre los hombres rata y el desfiladero, y sus seguidores perdían terreno ante el enfervorizado empuje de los atacantes. Cuando empezaron a caer hacia la oscuridad, Vaghyr Kul comprendió cuál sería su destino, y lo poco digno que resultaría para ella. Mató y mutiló con sus espadas gemelas, pero la presión de la masa era insostenible, y por cada tajo que repartía se veía obligada a dar un paso atrás, quisiera o no...

Hasta que no hubo más pasos que dar.

Vaghyr Kul perdió pie. Jamás había sido derrotada por ningún enemigo en combate, pero la gravedad parecía ser demasiado poderosa incluso para ella. Su último acto de desafío fue agarrar a un hombre rata y llevárselo con ella al abismo, pero no pudo evitar su caída. El último alarido de rabia de la sacerdotisa estremeció las montañas mientras se precipitaba hacia la oscuridad...

Y, después, llegó el silencio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario