viernes, 17 de abril de 2026

La Corona Roja

Saludos a todos, damas y caballeros.

Si el tiempo y la autoridad lo permiten, mañana terminaremos Fornidson y yo la campaña "Fuego en el Aver", de la cual os he ido subiendo los informes de batalla en los últimos días. No es que hayamos ido muy rápido, es que la comenzamos hace tiempo y aun así no la había subido. De hecho, la partida final se ha acabado retrasando varias semanas por culpa de unos mutantes que Fornidson compró en Reyes y que no le han llegado hasta hace un par de semanas... mutantes extremadamente molones por los que ha valido la pena esperar, como veréis cuando suba el informe de batalla correspondiente.

La cuestión es que la presencia de estos mutantes ha servido para añadir un toque narrativo adicional que queda bien, pues la insidia del enemigo interior siempre es mucho más atractiva que la mera brutalidad del enemigo exterior. Eso, a su vez, me ha servido a mí para rescatar a un muy antiguo personaje, de cuando empecé a jugar a esto hace ya sus buenos 24 años, y que me va a ofrecer nuevas formas de seguir desarrollando mi ejército imperial en paralelo al retorno de los Wallenstein.

Todo esto lo contaré cuando llegue el momento. Por de pronto, sirva este relato como introducción, no solo a la partida que vamos a jugar mañana Dios mediante, sino a muchas otras cosas que vendrán en el futuro.

LA CORONA ROJA

Lorena Wallenstein avanzaba con paso firme por las calles de Pfunzig, el pueblo designado como centro de reunión del ejército imperial destinado a poner fin a las depredaciones de los astados en el norte de Averland. Aunque el destacamento de la familia Wallenstein era el más numeroso, y acababa de llegar, ya se veía amplio movimiento de tropas acuarteladas en torno a la plaza mayor del pueblo. La mayoría eran milicianos y aventureros, pero, a lo lejos, la hechicera pudo ver la inconfundible silueta de uno de los legendarios tanques de vapor, lo que daba una muestra de la seriedad con la que el Imperio se estaba tomando aquella campaña.

Lorena apenas tuvo tiempo de detenerse a contemplar su magnificencia, pues ya llegaban tarde. Se adentró en el ayuntamiento junto con su primo Lukas, su adalid, el tileano Andrea, y el Gran Maestre de la Orden de los Pilares. Pronto encontraron a los demás líderes del ejército, reunidos en torno a unos mapas de la zona en el despacho del burgomaestre. Lorena se puso tensa: allí había un representante de la Escuela de Ingenieros de Nuln, un individuo que parecía ser el capitán de la milicia de Pfunzig y varios sacerdotes del clero sigmarita, pero lo que llamó su atención fue la presencia del hombre que parecía llevar la voz cantante: sus sombríos ropajes, las cadenas de hierro que colgaban en torno a su cuello y la multitud de pistolas y cuchillos que descansaban su cinto dejaban bien a las claras su naturaleza.

Era un cazador de brujas.

Precisamente él fue quien alzó la mirada ante la aparición de los recién llegados, y dijo:

"Ah, los myrmidianos aparecen al fin"

Los cazadores de brujas nunca habían sido muy amigos de los Wallenstein, a quienes consideraban individuos de lealtad sospechosa por su adoración a una diosa extranjera. Es por ello que Lorena, sintiéndose atacada, respondió violentamente:

"¿Acaso habríais preferido que no fuera así, templario?"

Su primo, Lukas Wallenstein, hizo un gesto de preocupación. Aunque fuera una hechicera del colegio brillante y perteneciera a una de las ramas familiares más poderosas de Averland y de todo el Imperio, su prima no hacía ningún bien al mostrar hostilidad a un cazador de brujas, quienes solían creerse por encima de toda autoridad, muchas veces con razón. Sin embargo, para su sorpresa, la respuesta de aquel hombre fue conciliadora.

"En absoluto" dijo. "Antes de unirme a los cazadores de brujas serví en el Ejército. Aunque soy reiklandés, conozco bien la reputación militar de los Wallenstein, y es un honor teneros a mi lado"

Tras eso, añadió:

"Mi nombre es Franz Von Stauffemberg. Sed bienvenidos a Pfunzig"

Los recién llegados se presentaron a su vez, y Lorena, en un tono ligeramente más calmado pero sin renunciar a la suspicacia, preguntó:

"Decidme, Herr Von Stauffemberg... ¿Qué hace un reiklandés en estas tierras?"

"He venido siguiendo la pista de una secta dedicada a la adoración a los poderes ruinosos. Como les estaba comentando a los aquí reunidos, es posible que tengan algo que ver con los ataques que los hijos del Caos están desatando sobre estas tierras, y que nos hemos juntado para detener"

"¿Una secta, decís?" preguntó el Gran Maestre. "¿De adoradores humanos?"

"Así es. Se hacen llamar la Corona Roja" informó el cazador de brujas. "Es un culto particularmente destructivo, que favorece una vía de acción directa y, por tanto, gusta de trazar alianzas con los astados. El rastro de una célula en Reikland me trajo hasta aquí, y sospecho que la presencia de cultistas en esta zona y el ataque de las hombres bestia están relacionados"

"Entonces esos malditos cultistas controlan a los astados, y los han atraído hacia nuestras tierras" siseó Lorena Wallenstein, hirviendo de ira.

"No sabemos quién controla a quién, si los cultistas a los hombres bestia o viceversa. Lo más probable es que ambos crean que controlan el uno al otro. En cualquier caso, eso no es relevante: lo importante es que el enemigo tiene información de primera mano del terreno en que opera, puede que de nuestros movimientos, y debemos estar preparados para un ataque que proceda de varios vectores a la vez"

Al decir esto, el cazador de brujas miró al capitán de la milicia de Pfunzig, el cual se vio en la obligación de intervenir:

"Por el momento, mis exploradores no han detectado movimientos de tropas en torno al pueblo, mi señor"

Para sorpresa de muchos, el cazador de brujas miró inquisitivamente al capitán e insistió:

"¿Estáis seguro, capitán?"

Acobardado por el escrutinio, el hombre apenas pudo murmurar un leve "sí", y entonces el cazador de brujas, tras dedicarle una peligrosa sonrisa, respondió:

"Magnífico. De ser así, tendríamos un problema menos del que ocuparnos"

"¿Cómo podremos defendernos de esos sectarios si atacan nuestra retaguardia cuando nosotros combatamos a los astados en el vado?" preguntó el caballero de la Orden de los Pilares.

"Dejad eso de mi cuenta, Gran Maestre" respondió el cazador de brujas. "Vos preocupaos de ganar la batalla, que yo administraré la justicia de Sigmar a cualquier hereje o mutante que pretenda acercarse a nosotros"

El consejo duró un rato más, en el que se discutieron algunas cuestiones logísticas, hasta que se dio por concluido y cada uno de sus miembros volvió para ocuparse de sus soldados. Antes de salir, sin embargo, Lukas Wallenstein se acercó al cazador de brujas y, en tono de confidencia, le dijo:

"Lamento si mi prima os ha parecido hostil. La desaparición de nuestro heredero, quien era su prometido, la ha sumido en un profundo dolor que se manifiesta con ardiente ira"

"No os preocupéis en absoluto. Conozco bien a los de su clase, y sé que pueden tener un humor volátil. No lo tomo como algo personal"

"¿Habéis conocido a muchos hechiceros del Colegio Brillante?"

"También, pero no hablaba de ellos... me refería a las mujeres"

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El capitán de la milicia de Pfunzig miró varias veces con nerviosismo por encima de su hombro antes de adentrarse en la foresta. Hasta donde podía estar seguro, parecía que nadie le seguía ni le había visto escabullirse más allá de los lindes del pueblo. El corazón ya le había latido con fuerza en las ocasiones anteriores en que había hecho lo que se proponía en ese momento, pero en aquella ocasión se encontraba especialmente preocupado. La forma en que le había mirado el cazador de brujas le hacía sentir que se encontraba bajo sospecha, y aunque era cierto que los de su gremio sospechaban siempre de todo el mundo, en su caso particular eran sospechas que estaban bien fundadas. Lo que no sabía era hasta dónde llegaban.

En todo caso, pronto había terminado. Pfunzig estaba condenado, como la Humanidad entera, y él, siendo uno de los pocos capaces de darse cuenta, había decidido apostar por el caballo ganador. Cuando los astados arrasaran su pueblo, él no pensaba contarse entre los muertos por un Imperio agonizante y un dios débil, incapaz de protegerlos. Oh, no. Él estaría en pie sobre las ruinas humeantes y se reiría de todos los que una vez le habían considerado un inútil, de todos aquellos a los que había tenido que adular con sonrisas falsas mientras su sangre bullía por el desprecio. Se sentaría a la derecha del trono del Arquitecto del Destino, tal como le había sido prometido, y dirigiría en persona a las legiones de los astados una vez que no siguiera necesitando mantener la mascarada de que era un leal servidor de los hombres.

Aquellos pensamientos le tranquilizaron. Y no pudo evitar esbozar una sonrisa al pensar en lo que haría con aquel petulante cazador de brujas. Oh, sí... aquello iba a estar bien.


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