sábado, 15 de agosto de 2026

El precio del conocimiento

Saludos a todos, damas y caballeros.

Ya llevo algunas entradas de las andanzas y desventuras de mi bruja, Anna Grushanskaya, en Eastwood. Sin embargo, salvo el relato que escribí para el inicio de la campaña, lo demás han sido informes de batalla narrados. Lo cual no es mala cosa, pero al final limita la narración a lo que haya pasado en la partida.

Por ello, el relato de hoy es un tanto diferente, y sirve de alguna forma para ir hilando el Trasfondo del vampiro de Elrudok, Tiburcio Santana; de la narrativa que se está currando Joya para la campaña y que en algún momento deberé traer por aquí también; y de lo que sucedió en la campaña del verano pasado con el chalado de Obadiah Irving y la Confederación Oscura, pues siempre es bueno tener un hilo conductor entre el pasado, el presente y el futuro. En los wargames y en la vida en general.

Por ello, os dejo con este relato, que servirá para dar un poco más de empaque a las aventuras de mi bruja y sus cultistas. Espero que os guste.

EL PRECIO DEL CONOCIMIENTO

Fundida entre las sombras en una esquina del prostíbulo más depravado de Eastwood, Anna Grushanskaya observaba el mundo a través de sus preciosos ojos del color de los helados lagos de su patria. Lo que veía habría resultado espeluznante a cualquier persona que tuviera un mínimo sentido de la moralidad, pero ella hacía tiempo que lo había abandonado, si es que alguna vez lo había tenido, para hundirse en las simas más profundas del alma humana. El lupanar que regentaba distaba tanto de uno normal como uno normal se diferenciaba de una iglesia. Dentro de sus paredes no había perversión que no pudiera satisfacerse, lo que iba mucho más allá de lo puramente sexual. Cada amanecer, el número de los que abandonaban el sitio era invariablemente inferior al de los que habían entrado al caer la noche. Por alguna extraña razón, aquello no disuadía a la gente de ir. Simplemente atraía a los peores elementos de la sociedad, lo cual, en aquella tierra salvaje, era mucho decir.

Anna fumaba lánguidamente un cigarrillo clavado en una elegante boquilla. Su cigarro era llamativo, pues el papel era rojo, y el humo que soltaba tenía tintes azulados y verdosos. Nadie sabía qué demonios estaba fumando, y nadie osaría preguntarle. Pese a su extraordinaria belleza, todos los clientes sabían que en su burdel solo había una regla, y es que ella estaba lejos del alcance de cualquiera. Había ejercido la prostitución no hacía mucho, en ese mismo local, pero mediante la crueldad y la pura fuerza de voluntad había conseguido quedarse con el negocio, y desde entonces nadie podía tocarla. De hecho, se contaban historias terribles de lo que les había sucedido a quienes habían yacido con ella en el pasado, historias que sonaban a exageración truculenta hasta que alguien penetraba en la corrompida atmósfera del burdel y descubría que, de hecho, cualquier cosa que se dijera era perfectamente posible.

Anna fumaba mientras el mundo se hundía a su alrededor, como sucedía cada noche, pues siempre parecía imposible que la tierra pudiera seguir girando después de haber soportado los terribles actos que allí tenían lugar. No obstante, y aunque hubiera sido muy difícil percibirlo en la extremada frialdad de su semblante, esa noche la hermosa rusa estaba anhelante. Esperaba algo, o a alguien, y a juzgar por su inquietud debía ser importante. En cualquier otra noche se dedicaba a observar con indiferencia, sin importarle lo más mínimo cualquier cosa que pudiera suceder en su prostíbulo, por aterradora que fuera.

Esa noche, sin embargo, le importaba.

Al cabo de un rato entró un hombre que era oscuro todo él: su vestimenta, su caminar y su ánimo. Ignorando el pandemonium que se desarrollaba a su alrededor, avanzó directo hacia Anna, a la que había visto nada más entrar. Era muy difícil no verla. Llegó hasta ella y, justo al tiempo que se sentaba, la rusa le preguntó:

"¿Qué has averiguado?"

"Mucho, creo. La gente habla en esta ciudad si hay dinero y whiskey de por medio. Es una virtud"

Los sensuales labios de Anna se contrajeron en una mueca de fastidio. Aunque había llegado a comprender el inglés bastante bien, aquel hombre tenía un acento escocés tan cerrado que a veces le costaba entenderlo. 

"Entonces, ¿por qué está aquí? ¿Qué está buscando?"

"¿La redención?"

Las manos de la bruja se crisparon, y la bocanada de humo turquesa que brotó del cigarro fue particularmente intensa.

"Eso ya lo sabía. Mr. Shadow nos lo dijo"

"¿Dónde está, por cierto?"

"No es asunto tuyo. Pero vigila. Siempre está vigilando"

"¿A mí... o a ti?"

Por mucho que Anna apreciara el valor suicida de aquel escocés, empezaba a cansarse.

"Si no me dices ya mismo lo que quiere Santana, te ahorcaré con tus propios intestinos"

Lo malo de aquella mujer, pensó John McDougal, era que no solo parecía perfectamente capaz de cumplir con sus amenazas, sino que siempre sonaba a que era algo que ya había hecho antes.

"Al parecer, está convencido de que en Eastwood hay un artefacto capaz de revertir su maldición, y hacer que recupere su humanidad. Ha venido hasta aquí para buscarlo, y no desistirá hasta que lo encuentre. Si tiene que matarnos a todos para eso, está completamente dispuesto"

"¿Aquí, en Eastwood? Me sorprende que no lo haya encontrado todavía, si de verdad está. No es una ciudad tan grande"

"Puede que esté aquí, puede que esté en Ravenous. No está muy seguro de eso, por lo que creo"

"¿De qué se trata exactamente?"

"Tampoco eso está claro. Creo que un antiguo artefacto español, no sé si forjado por ellos o saqueado a los aztecas"

"Un artefacto español..."

Un recuerdo se conjuró en la mente de Anna, el de un pistolero venido desde muy lejos, desde la frontera entre Texas y los territorios de la nación choctaw. El hombre parecía haber visto cosas que le habían destrozado la cordura, y solo ansiaba el olvido en brazos del alcohol, pero Anna se lo proporcionó de forma más rápida. Al fin y al cabo, su alma quebrada tenía un gran valor a los ojos de los que moraban más allá del velo, y su ofrenda fue aceptada con especial entusiasmo. 

"¿Eso te dice algo?"

"Nada", mintió ella.

Aquel pistolero había hablado de muchas cosas mientras el cuchillo le cortaba la carne. De cadáveres reanimados para servir en una guerra sin fin, de brujos dementes que tenían tratos con fantasmas y aparecidos y de un sargento que había encontrado la paz que él jamás hallaría. Pero una de las cosas de las que hablaba era de un tesoro español que había llevado con él después de que toda la cuadrilla a la que pertenecía hubiera perecido, masacrados los unos a los otros. Las doncellas de Anna registraron sus pertenencias, pero no encontraron nada que mereciera catalogarse como "tesoro".

Sin embargo, si aquel vampiro había recorrido un camino todavía más largo para encontrarlo, debía ser real. Y eso era un detalle verdaderamente importante a tener en cuenta.

"Agradezco tu información" concluyó Anna.

Justo en el momento de decirlo, su cara se llenó de sangre, pero no era la suya. Era de John McDougal, quien se desangraba después de que una de las prostitutas del local lo hubiera degollado. Anna observó sus últimos instantes de vida con glacial indiferencia y, después, preguntó:

"¿Por qué has hecho eso?"

La chica pareció volver de un profundo trance.

"Yo... no lo sé... yo"

"No hablaba contigo. Vete"

La prostituta dejó caer el cuchillo ensangrentado con espanto y se marchó de allí. Otro ser ocupó su lugar, emergiendo de entre las sombras mientras sonreía.

Y en su sonrisa había más dientes de los que debería.

"¿Por qué has hecho eso?" repitió Anna. En sus palabras no había el más mínimo rastro de horror o reproche, solo pura curiosidad.

"Ya nos ha dicho todo lo que sabía. Su vida no tenía mayor utilidad" respondió Mr. Shadow. "Además... sabía demasiado"

Anna asintió.

"Y tal es el precio del conocimiento"

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