martes, 4 de agosto de 2026

La sombra sobre Eastwood: capítulo I

Saludos a todos, damas y caballeros.

Al igual que hice el año pasado, en el que fui narrando las aventuras del brujo sudista Obadiah Irving y el heroico teniente Phillips en Dracula´s America, este año toca hacer lo propio con la hermosa e inestable Anna Grushanskaya y su Culto de las Seis Estrellas. En alguna parte de mi memoria infantil están las pelis del Oeste en las lánguidas y tórridas tardes de verano como ruido de fondo para la siesta, y escribir unos pocos relatillos de Weird West en estos meses es una forma de reconectar con esa parte de la infancia, supongo.

En esta ocasión, lo que traigo es la primera partida de la campaña (de la precampaña, en realidad) que jugamos Fer y yo. Fer es un viejo conocido de este blog, pero el año pasado no se apuntó a la campaña del Dracula´s America, por lo que era su primera incursión en los maravillosos mundos del Weird West. Y lo hace llevando a gente normal, unos viejos y buenos marshalls de toda la vida sin poderes ni aliados demoníacos ni pollas, lo cual es, probablemente, lo más antinatural que se está viendo en la campaña. Su Trasfondo, que está muy currado, muestra cómo el Marshall Everett Kane llegó al pueblo de Eastwood siguiendo la pista de una especie de secta turbia... y la ha encontrado.

Aparte de eso, el escenario tuvo la particularidad de contar con un irlandés borracho y con escopeta, que es otro elemento muy propio del Salvaje Oeste, y que decidió pegarse contra mis hombres, aunque yo también tengo unos cuantos irlandeses en mi banda y, naturalmente, también están borrachos. Quizá el abuelo de uno de ellos robó ganado al abuelo del otro, y esas cosas se guardan incluso a miles de kilómetros de distancia y con un océano de por medio.

Como hice en la campaña anterior, me dedicaré a hacer informes de batalla narrados, porque un informe de batalla en el sentido habitual es un poco más complicado en Dracula´s America. Espero que os guste.

CAPÍTULO I

El Marshall Everett Kane había sobrevivido a cosas terribles, durante muchos años, gracias a sus muy numerosas cualidades. Era un hombre duro, capaz de sobreponerse tanto al dolor del cuerpo como a la desesperación de la mente. Era implacable en grado sumo, y nunca abandonaba una persecución sin haber cumplido con su deber de llevar al delincuente ante la justicia. Y era un hombre suficientemente inteligente como para percibir los sutiles cambios en el entorno que alertaban del peligro, las miradas nerviosas o los susurros velados antes de que silbaran las balas y se desenvainaran los puñales.

Y esa inteligencia, esa especie de sexto sentido para el mal, le decía que nunca había estado en una situación tan peligrosa como la que tenía ahora frente a sí mismo.

El Marshall Kane y sus hombres conocían bien a los distintos tipos de criminales que maldecían con su presencia al Salvaje Oeste. A algunos los movía el afán de venganza, a otros la ambición, a otros el amor por el dinero. Unos eran cuatreros de poca monta, otros peligrosos asesinos, otros simples hombres de negocios que habían preferido los negocios turbios. A lo largo de muchas investigaciones habían sido capaces de desarrollar ciertos arquetipos de mentes criminales, y de adaptar la respuesta a cada caso. Pero aquello a lo que iban a hacer frente era, al parecer, una combinación impía de todos esos elementos. Una secta de asesinos infiltrada en todos los escalones de la sociedad de Eastwood, una ciudad sobre la que caía un manto de aterrado silencio a medida que los marshalls se adentraban en ella.

Lo malo, pensó Everett Kane, era que ese silencio no se debía a su presencia. Había algo más arrastrándose entre sus calles polvorientas, algo mucho más siniestro y que, con bastante probabilidad, estaba avanzando directamente hacia ellos.

El ominoso silencio se vio roto cuando un hombre pelirrojo, de mediana edad y ojos desencajados salió del Saloon blandiendo una escopeta como si fuera una cachiporra. Su mirada se encontró con la de Everett Kane, quien dedicó unos segundos a analizar la situación, y optó por la vía diplomática:

"Buenas tardes, ciudadano. Soy el Marshall Everett Kane. Decidme, ¿sois un buen ciudadano, obediente de la ley y sus autoridades?"

El irlandés borracho, que respondía al apodo de Munny, nunca se había considerado a sí mismo un buen ciudadano ni, mucho menos, un hombre que respetara la ley y a sus autoridades. Sin embargo, entre la niebla etílica de su cerebro el instinto de supervivencia consiguió abrirse paso, y se dio cuenta de que, con aquel hombre enfrente, solo había una respuesta correcta.

"Esto... ¿sí?"

"Magnífico. Me alegra escucharlo. En tal caso, desde ahora formáis parte de mi cuadrilla, y confío en que me ayudaréis a erradicar el mal que parece haberse adueñado de esta ciudad"

Antes de que el irlandés pudiera responder, un rugido atronador rasgó el velo nocturno e hizo que los corazones de todos los que lo escucharon se encogieran de temor. Incluso Everett Kane tuvo que hacer uso de toda su considerable fuerza de voluntad para no salir corriendo. Cuando miraron hacia el lugar del que procedía, vieron la silueta de un ser de pesadilla elevarse por encima de los tejados, envuelto en llamas ultraterrenas y con sus blasfemas alas desplegadas para echarse a volar.

Munny pensó que quizá no estaba tan seguro al lado de aquel Marshall como se creía.

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Anna Grushanskaya no sonreía casi nunca. La vida le había dado pocas oportunidades para ello. Era demasiado hermosa, por lo que muchos la habían deseado; era demasiado pobre como para haber podido defenderse de tales deseos; y era demasiado inteligente, lo suficiente como para darse cuenta, no solo de lo espantoso del mundo en que había tenido que vivir, sino de lo maravilloso que era el mundo de otras personas. Todo ello había hecho germinar en ella un odio profundísimo y una ambición desmedida, la que solo puede tener quien ha vivido entre los despreciados y se ha propuesto formar parte de los elegidos. 

Anna había sido suficientemente despiadada como para convertir sus maldiciones en armas. Con su belleza había comprado el acceso a lugares que le deberían haber estado vedados, y las pesadillas que daban forma a su mente la habían impulsado a adquirir conocimientos prohibidos a los que ninguna persona en su sano juicio se habría acercado. Pero ella no estaba en su sano juicio. Lo único que sentía en su interior era un hambre desmesurada que solo los auténticamente desposeídos podían entender, y no se detendría ante nada con tal de conseguir la vida que durante años se le había negado.

Si aquel Marshall quería interponerse en su camino, no tardaría en lamentarlo.

"Avanzad, mis esclavos. Este pueblo es nuestro, junto con todas sus riquezas y todas sus almas"

Los pistoleros contratados por la bruja se miraron los unos a los otros, sin saber si se refería a ellos o a las temibles criaturas que solo ella podía ver rasgando el velo de la realidad.

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Tal como Everett Kane había esperado que sucediera, la aparente calma de Eastwood se había tornado rápidamente en un tiroteo infernal. Los sectarios se habían dejado ver, y aunque Munny había abatido a uno con su escopeta, pronto la abominación demoníaca invocada se había abalanzado sobre él. Aquello tampoco preocupaba demasiado a Kane, quien pese a no ser muy practicante era un protestante que sospechaba que el tal Munny, siendo irlandés, debía ser católico, y por tanto tan corrupto como el demonio al que trataba desesperadamente de mantener a raya. Le inquietaba más el sectario que se había apostado en una esquina del saloon y desde ahí descargaba su carabina contra sus hombres.

Por suerte, aunque aquel hombre parecía estar muy motivado, no era el mejor tirador con el que se hubiera encontrado. Sus disparos dificultaban que sus hombres pudieran levantar la cabeza y hacerse con el control de la calle principal, pero no estaban causando bajas entre sus hombres. Sin embargo, la situación se complicó cuando el demonio consiguió finalmente herir a Munny, quien soltó un lastimero grito de dolor, al tiempo que el sectario que había recibido el balazo de su escopeta se levantaba de forma incomprensible.

Everett Kane se dio cuenta de que tenía que intervenir para resolver las cosas antes de perder el control de la situación, por lo que avanzó cubierto por una diligencia y, tras observar la posición de sus enemigos, salió de su cobertura y abatió a tiros al sectario de la escopeta, lo que hizo que su colega de la carabina comenzara a ver las cosas de otra forma y se retirara.

"¡Eso es! ¡Largaos y no volváis a Eastwood si no queréis que acabe con todos vosotros!"

Su proclama se vio interrumpida por los alaridos de Munny, que estaba siendo despedazado por otra criatura demoníaca. Justo entonces, algo llamó su atención: un par de ojos azules que se desvanecían lentamente entre la sombra, pertenecientes a la mujer más hermosa que había visto nunca, pero llenos de una maldad y una locura sin límites.

Y supo que, pese a lo que había dicho, volvería a verlos.

Pues hasta aquí la primera partida, que fue entretenida como todas, pero tuvo muy pocas bajas. De hecho, solo al final conseguí cargarme al tío jodido de Munny a base de invocar una criatura ínfima que lo remató cuando estaba en el suelo, mientras que el Marshall Kane le metió un balazo a Ed McDonnell, quien había conseguido hacer la machada de levantarse estando tirado en el suelo (para lo que tiene que tirar 3d6 y sacar un 5+ en todos ellos). Eso sí, gracias a esa acción de última hora Everett Kane ascendió a héroe, con lo que se convierte en un tipo muy capaz de hacerse respetar, como veréis en las próximas batallas que traiga. Por su parte, Ed McDonnell tiene ahora una vieja herida de guerra, la primera de la larga colección de heridas que ha ido atesorando.

Dentro de poco cojo vacaciones y confío en que, a partir de entonces, pueda dedicar más tiempo al blog y a narrar los espectaculares y aterradores momentos que se están viviendo en Eastwood y su pueblo vecino, el fantasmal Ravenous.

¡Hasta entonces!

1 comentario:

  1. La que hace auténticas machadas es tu bruja, que invoca entidades mayores de su facción como el que no quiere la cosa al primer intento

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