
Los mecánicos y auxiliares de los
equipos acababan de retirarse de la línea de salida, después de realizar los
últimos ajustes a los vehículos y de repasar con los pilotos las estrategias de
la carrera. No era una carrera con mucho público ni muchos participantes, pero
la habían organizado los científicos del Centro Heurístico de Experimentos
Radiactivo-Nucleares Obsoletos, Baratos Y Locos (C.H.E.R.N.O.B.Y.L.), que se encontraba
a poca distancia de allí y que financiaba las mejoras del coche de Irina, un
puntero monoplaza eléctrico conocido como “el Último Zar” (y que había hecho
que ella se ganara el apodo de “la Zarina”). La chica, que acababa de ajustarse
la correa del casco, pudo ver a su izquierda a aquel a quien la gente llamaba
Meteoro Ardiente, con su inconfundible apariencia: gafas de sol y una sonrisa
de oreja a oreja, similar a la que lucen las personas con algún tipo de
trastorno mental. Claro que, reflexionó Irina, ninguno de los que estaban allí
podía estar 100% bien de la cabeza o de lo contrario no participarían en esas
carreras. Ella al menos sabía que lo suyo era algo leve: desde muy pequeña
siempre había sentido una atracción hacia la velocidad. No, mejor dicho, una
atracción hacia la velocidad controlada. Lo que de verdad le subía la adrenalina
no era conducir muy rápido, era poder mantener el control de su coche mientras
conducía muy rápido. Y ahí residía la principal diferencia frente a casi todos
los demás pilotos de carreras. Ella sabía
frenar. Meteoro en cambio no transmitía del todo esa sensación. Y pese a que
era evidente que, aunque mínima, también tendría la capacidad de frenar (de lo
contrario no seguiría vivo a esas alturas), se le notaba que verse obligado a
reducir marchas era algo que le dolía por dentro. Lo que más le extrañó a Irina
en cualquier caso fue que Meteoro no acudiera a esta carrera con un monoplaza.
En lugar de ello, conducía un Cadillac rojo, muy chulo y muy fardón, sí, pero
que no alcanzaría las mismas velocidades que el coche que ella conducía. Para
completar la inhabitual estampa, otra persona permanecía sentada en el asiento
del copiloto, guardando en la guantera y sin ningún disimulo lo que parecían
unos cuantos cócteles molotov.