sábado, 17 de junio de 2023

Carrera en el pantano de fuego

Saludos a todos, damas y caballeros.

Dentro de los muchos enfoques posibles que hay a la hora de escribir Trasfondo, uno no muy usado, mas no por ello menos molón, es escribir Trasfondo basado en la escenografía que se usa en una partida. Es algo que hizo Fornidson en La Balada de Tar Karach, con erótico resultado.

Este relato es algo parecido. Cuando preparamos la partida de Gaslands del otro día, que podéis ver aquí, Clavy puso los restos destrozados de un vehículo pilotado por algún desafortunado, y Malvador puso un marcador de fuego en el coche. A alguien, puede que a Malvador, puede que a mí, pero en todo caso a la Mente Enjambre que los miembros del Troglablog hemos llegado a compartir, se le ocurrió la idea de coña de que si se apagaba el fuego alguien llegaba y lo encendía. Y lo que parecía una idea de coña queda como idea postapocalíptica cojonuda, como veréis en el relato. Lo mismo con los marcadores de fuego y con las llamadas "piedras de la envidia", que también tienen su papel en expandir el, creo, interesante mundo alternativo que estamos montando.

Sin más, os dejo con el relato. Es bastante cortito, podría haberlo alargado pero cuando llegué a lo que es el final me di cuenta de que quedaba bastante redondo, así que no hace falta decir más. Ya se sabe que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Dicho esto, espero que os guste.

CARRERA EN EL PANTANO DE FUEGO

El Pantano de Fuego era un lugar peligroso, lo cual, teniendo en cuenta que el páramo que lo rodeaba no era para nada un sitio acogedor, era mucho decir. El Cataclismo había supuesto una debacle medioambiental que había afectado a todas las tierras del mundo, pero en aquel lugar, por alguna razón desconocida o poco comprendida, el dolor de la tierra se manifestaba en imprevisibles y destructivas llamaradas que brotaban de las entrañas del mundo, como las flatulencias de un monstruo de azufre. Aunque apenas duraban unos segundos, eran suficientemente intensas como para calcinar a cualquiera que pillaran en el instante, condenándole a una muerte atroz, aunque rápida.

Cabría esperar que la gente evitara acercarse a un sitio así, pero, al contrario, el Pantano de Fuego era un lugar insospechadamente frecuentado. Algunos querían hacerse con los extraños cristales violáceos que se encontraban a veces, y de los cuales se decía que tenían fantásticas propiedades en muchos ámbitos. Fuera cierto o no, la leyenda en torno a ellos era tal que su precio siempre era elevado, y eso ya era una propiedad suficientemente fantástica. El pantano también era elegido con frecuencia como lugar para hacer rituales de iniciación de nuevos pilotos en las feroces bandas que pululaban por el páramo. Fuera por lo que fuera, lo cierto era que un porcentaje importante de quienes entraban en el Pantano de Fuego no lo abandonaban nunca, y las rocas ennegrecidas del lugar estaban decoradas con los cráneos de los incontables conductores que habían encontrado una ardiente muerte allí.

Uno de esos pilotos había sido Marcos "el Rápido", un intrépido chaval de apenas dieciocho años que manejaba con gran soltura el volante de un viejo coche de carreras, y soñaba con poder unirse a los Malvador & Turbloflame algún día. Para su desgracia, toda su considerable pericia no pudo salvarlo de una de las impredecibles llamaradas del Pantano de Fuego, y su coche acabó envuelto en llamas con él dentro. Su hermano mayor, Leonardo, lloró por él durante días, pues amaba a su hermano y sufría por no haber podido protegerlo. 

No obstante, Leonardo creía que, mientras los restos ennegrecidos del coche de su hermano siguieran ardiendo, él seguiría corriendo, allá lejos, en la Carretera Eterna. Así que acampó cerca, en una colina de roca sólida que no se veía afectada por los peligrosos fuegos del pantano, y se aseguró de que el pecio siguiera ardiendo. Día tras día, noche tras noche, durante quince años, Leonardo prendió la llama para que su hermano pudiera seguir corriendo y su coche no se detuviera nunca...

Hasta que, quince años después, un demente fuera de control se estampó contra los restos del coche de Marcos, destrozándolos por completo y acabando con el deber autoimpuesto de Leonardo.

Al menos pudo encontrar cierto consuelo en el hecho de que quien había acabado con la carrera de su hermano por la Carretera Eterna había sido un miembro de los Turboflame & Malvador Motors, a los que Marcos tanto había idolatrado. Y no uno cualquiera, sino el famoso Explosionauta, el piloto más demencial y salvaje de una panda de tarados a los que no se les podía describir de otra manera. El nombre de Explosionauta era leyenda desde NeoCamelot hasta Misericordia, y Leonardo supo que, desde ese momento, su hermano también formaba parte de la leyenda.

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