miércoles, 12 de julio de 2023

El durmiente

Saludos a todos, damas y caballeros.

Hace unos días os presenté una nueva campaña que íbamos a jugar en el entorno de las Regiones Devastadas, "La sombra y la llama". Como expliqué en esa entrada, la campaña bebe de varias otras que hemos jugado anteriormente, que es una de las grandes ventajas de tener un entorno narrativo estable: llegado a cierta masa crítica, las batallas y campañas empiezan a enlazarse unas con otras de una manera bastante natural, quedando un Trasfondo mucho más redondo e integrado, lo que siempre es de agradecer.

Imagen de Ciruelo Cabral

El relato que os traigo hoy pretende servir de introducción y armazón de esta campaña, uniendo todos los elementos de los que bebe... aunque sea de forma limitada, pues es desde la perspectiva de mis imperiales, que no lo pueden saber todo. Ni siquiera Merlín lo podía saber todo, pues no sabía quién vendría a tomar el té. En todo caso, os dejo con el relato, que espero que os guste.

EL DURMIENTE

Desde que aceptó el cargo de castellano de la Fortaleza de la Luz Perpetua, Dante Wallenstein supo que aquel no sería un papel fácil. Los Reinos Fronterizos eran un lugar carente de toda ley y orden, repleto de reyezuelos que eran poco más que bandidos, hordas de pielesverdes nómadas y cosas incluso peores. Y, dentro de ese territorio poco envidiable, las Regiones Devastadas probablemente eran incluso más salvajes. El veterano condottiero tileano había planteado su designación como uno de esos desafíos a los que era tan aficionado, pues como devoto de Myrmidia vivía por y para la guerra, y toda oportunidad que se le presentara para poner a prueba sus conocimientos bélicos y mejorarlos era siempre bienvenida. Y, pese a ello, el nivel de maldad que había encontrado en la zona era mucho mayor del que había esperado.

En realidad, su labor fundamental era defender el Camino Imperial, la carretera financiada por su familia que conectaba Estalia y Tilea con Averland y por la que transitaban incontables ejércitos en una única dirección: miles de mercenarios marchaban desde las naciones sureñas hacia el Imperio para enfrentarse a los temidos Von Carstein. Casi ninguno de ellos volvía. En cualquier caso, mantener la comunicación entre los reinos humanos era crucial, y la Fortaleza de la Luz Perpetua, al estar situada en la zona más brutal e implacable del camino, era la pieza clave de toda la infraestructura militar. Por ello, Dante Wallenstein solo debía estar preocupado de lo que sucediera en el camino. Nada más era relevante.

O eso creía.

Imagen de VityaR83

Al principio, las batallas que sus tropas tuvieron que librar eran las que cabría esperar: la clásica incursión de orcos o goblins, alguna migración de trolls que no sabían muy bien dónde se encontraban ni qué estaban haciendo, pequeñas razzias de la tribu de ogros que vivía en las montañas del norte... a veces los imperiales se imponían, en otras ocasiones eran derrotados, pero nada que pudiera amenazar la integridad del Camino Imperial.

Sin embargo, las cosas empezaron a cambiar pronto. En el primer invierno desde que se completara la construcción de la Fortaleza de la Luz Perpetua, dos hordas monstruosas de ogros y trolls apareció en el camino. Aunque no parecían estar aliadas, tampoco se molestaban entre sí, y los estragos que causaban eran enormes. Lo peor era que los trolls estaban liderados por un monstruo enorme, tan alto como una torre y tan poderoso como un torrente en el deshielo de primavera. Tal fue la devastación provocada que los bretonianos de Las Ocho Villas de Plata tuvieron que intervenir también, pero, cuando los humanos se encontraron con la horda monstruosa, los bretonianos fueron puestos en fuga y desbandados, y Dante, incapaz de acudir en su auxilio, tuvo que retirarse.

Aquello podría haber quedado en un episodio terriblemente destructivo pero aislado, pues ninguna de las dos huestes que derrotaron a los humanos aquel fatídico día tenía un gran interés en la conquista. Pero no tardaron en aparecer nuevos problemas, mucho más inquietantes si cabe. Parecía que un antiguo mal había despertado en la Hondonada de los Sueños, un lugar aterrador, de sombras y túmulos, que no estaba tan alejado del Camino Imperial. Dante Wallenstein pensaba que los responsables de lo que fuera que estuviera pasando en el lugar serían las brujas que habitaban Puerto Gris, pero al enviar una expedición a la zona descubrió que eran los malditos hombres rata, los skaven, quienes merodeaban por allí.

Dante Wallenstein, como buen tileano, conocía a los skaven, y sabía que difícilmente había un enemigo tan insidioso, astuto y rastrero en todo el Viejo Mundo. También sabía que, si los skaven decidían emerger a la superficie, era porque su poder debía ser mucho mayor del que mostraban, pues eran seres abominables que se limitaban a roer las entrañas de la tierra mientras no se veían suficientemente fuertes. Aquello, junto con el hecho de que el Águila Paola Spalletti había estado cerca de encontrar la muerte en la Hondonada de los Sueños a manos de un asesino skaven, hizo que Dante reconsiderara su estrategia, y comenzara a tramar una red de contactos y alianzas en el submundo clandestino de los asentamientos humanos de las Regiones Devastadas.

Imagen de Sabin Boykinov

Aquella red de espías y asesinos, tallada cuidadosamente por Ruggero Wallenstein, había comenzado a dar sus pequeños frutos. Aquí y allá los emisarios de la Fortaleza de la Luz Perpetua habían conseguido victorias menores asesinando a pequeños sirvientes de los skaven o de las brujas de Puerto Gris, y aunque todavía no habían conseguido acercarse a nadie que fuera realmente necesario para sus enemigos, tarde o temprano lo encontrarían. Dante también confiaba en que aquella telaraña de aventureros y cortacuellos le proporcionara alguna ventaja estratégica en futuras campañas, y efectivamente así sucedió a comienzos de verano del año 2023...

Aunque la ayuda vino de donde menos se esperaba.

El salón de audiencias de la Fortaleza de la Luz Perpetua mostraba una imagen de varios prohombres reunidos, todos tileanos, todos ellos con atuendo y características parecidas, excepto uno cuya vista se encontraba claramente fuera de lugar en aquel entorno. Era un hombre de una edad imposible de determinar, con una amplia barba de un color castaño claro, aunque quienes le conocían sabían que su coloración variaba de forma natural según la época del año entre el blanco de la nieve, el rojizo de las hojas caídas y el rubio del sol creciente. Era musculoso, y tanto su cuerpo como su mirada mostraban un gran vigor. Era un druida, un hombre que pertenecía a la naturaleza y cuya presencia en un castillo era antinatural, aunque no mostrara inquietud alguna por ello.

Era un hechicero, y Dante no podía ocultar su malestar ante un practicante de las artes arcanas.

Nadie conocía su nombre, pero en las Regiones Devastadas la gente le llamaba simplemente "El Anciano". Aunque no tuviera apariencia de tal, lo cierto es que recorría la zona desde hacía más tiempo del que nadie podía recordar, por lo que deducían que debía tener una edad avanzada aunque todo en su cuerpo hiciera pensar lo contrario. Su llegada siempre era bienvenida, pues facilitaba los partos de mujeres y animales, y hacía germinar las cosechas. Pero lo hacía siguiendo sus insondables propósitos, y no había forma de comprarlo, sobornarlo o contratarlo. Lo único constante en su errático actuar era su profundo odio hacia las fuerzas del Mal, y eso era lo que le había llevado a la Fortaleza de la Luz Perpetua.

"Espero poder ayudaros" dijo Dante al extraño invitado, "aunque sin duda sabréis que soy poco proclive a tratar con... personas con vuestros talentos"

El Anciano no respondió a aquellas palabras, ni hizo gesto alguno que evidenciara malestar. Al contrario, se limitó a mirar al Águila de Myrmidia, quien, seguramente poseedora de una mayor sensibilidad, intervino en su favor.

"Estoy seguro de que lo que este caballero quiera compartir será de gran relevancia. Dejadle hablar"

A nadie se le pasó por alto la informalidad con que el Águila se había dirigido al castellano. Se rumoreaba que eran amantes, y aunque nadie lo supiera a ciencia cierta, el dolor que Dante había mostrado los días oscuros en que el Águila se debatía entre la vida y la muerte habían sido muy elocuentes.

"He venido aquí porque tenemos un mismo objetivo, que es enfrentarnos a las fuerzas del Mal"

La voz del Anciano era firme y poderosa, pero también cálida y amable, como un agradable arroyo que pudiera convertirse en un feroz torrente.

"Sé que vuestros ejércitos marcharon hacia la Hondonada de los Sueños, y lo que sucedió allí" continuó el mago. "Efectivamente, la región está sufriendo, pero el origen del mal no se encuentra en la Hondonada, sino más al sur, en el Pantano de las Sombras. Allí, en la tenebrosa ciudad de Urbadûn, Arardogat está curándose de sus heridas"

"No entiendo una sola palabra de lo que decís" replicó Dante, sin disimular su hostilidad, pero tampoco su curiosidad.

"Sois recién llegados a esta tierra, y desconocéis los peligros que alberga. Probablemente el mayor de ellos sea Arardogat, un dragón carmín que habita en la ciudad en ruinas de Urbadûn, en lo profundo del Pantano de las Sombras. Es una bestia impía que ha asolado la región durante siglos, y hace dos años lideró una hueste de horrores como él que hicieron llorar de dolor a la tierra misma. Masacraron un ejército entero de caballeros de Bretonia, aunque un héroe consiguió herir de gravedad al dragón, y tuvo que retirarse a su inmundo cubil. Pero sus heridas están prácticamente curadas, y son sus sueños de grandeza y destrucción lo que envenenan la zona, convirtiéndose en pesadillas para los hombres honestos"

"¿Me estáis diciendo que los extraños sucesos de la Hondonada de los Sueños son consecuencia del despertar de este dragón?"

"Así es. Para que la paz vuelva a esta tierra, en la medida en que pueda haber paz en ella, la bestia debe morir"

"¿Y cuál es el papel de los skaven en este embrollo?"

"Los skaven desean ver a la bestia alzarse. Con qué propósito, lo ignoro... pero, tratándose de las abominaciones del Caos, sea cual sea su motivo será incompatible con el de los humanos temerosos de los dioses"

Dante meditó lo que el druida le decía. Algo en la forma en que se expresaba le impulsaba a creerle, pese a todos los prejuicios que pudiera tener respecto a los hechiceros, prejuicios que, por otra parte, no compartía nadie en la fortaleza salvo su muy piadoso hijo. Era un hombre con suficiente capacidad de juicio crítico como para saber que esas ideas respecto a la brujería probablemente no eran del todo suyas, sino la consecuencia de haber estado expuesto a las ideas imperiales, que en ese punto eran mucho más intolerantes que las tileanas o las estalianas. Además, El Anciano era conocido por hacer el bien allá donde pasaba, con lo que difícilmente sus palabras serían una trampa que arrastrara a su ejército a la perdición.

Miró a Paola, y en la mirada del Águila, a la que había conocido desde hacía décadas, encontró una confirmación que no necesitó de gestos externos para manifestarse. Con su apoyo, supo lo que debía hacer.

"Convocaremos a nuestros ejércitos y marcharemos a esa ciudad maldita de la que hablas. Mi deber es defender el Camino Imperial, y si allí hay una amenaza para su seguridad, allí combatiremos. Mandaremos mensajes a todas las razas de bien que haya en las Regiones Devastadas para que nos apoyen, y la bestia morirá por nuestra mano"

El Anciano sonrió, satisfecho.

"Ojalá sea así"

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