lunes, 25 de septiembre de 2023

Las hebras del destino

Saludos a todos, damas y caballeros.

Una cosa que siempre me ha gustado hacer es coger la historia de un personaje y desarrollarla desde sus inicios, desde un humilde origen hasta donde los dados le vayan llevando. Así surgió Chantal, uno de los personajes que más entradas ha generado en este blog, y es lo que estoy procurando hacer también con Leopold Wallenstein, mi joven comandante imperial cuyas campañas me están sirviendo casi para hacer uno de esos bildungsroman a los que tan aficionados eran los escritores alemanes del siglo XIX (salvando muchísimo las distancias, claro).

Imagen del sublime Larry Elmore

Junto con Leopold, estoy aprovechando también para contar la historia de su prometida y futura esposa Lorena, porque siempre es bueno tener una hechicera a mano y oye, si es familia, tanto mejor. El problema es que esta pobre chica suele verse en apuros, también porque siempre aparece en emboscadas, y eso lleva a una cierta dificultad narrativa, porque lo justo es que muriera. Hay un límite de veces que uno puede escapar de las garras de la muerte y que siga siendo "realista", y personalmente no solo no tengo problema en matar a mis personajes sino que lo considero adecuado en muchos casos.

El caso es que Lorena no va a morir, porque tengo grandes planes para ella, planes que ya veremos si se concretan y cuándo, pero no quiero cerrar esa puerta. Y el relato que sigue es la única explicación plausible sobre por qué sigue con vida después de haberse metido con un carro hasta arriba de pólvora en el bosque de Laurelorn. Espero que os guste.

LAS HEBRAS DEL DESTINO

"¿¡Y os hacéis llamar hombres del Imperio!? Deberíais avergonzaros por vuestra cobardía"

Leopold Wallenstein se cubrió el rostro con las manos. Su prometida estaba insultando a toda una asamblea de nobles de Nordland, quienes difícilmente iban a aceptar ser llamados cobardes, y menos por una mujer extranjera que ni siquiera había llegado a la veintena. Y no sabía si el hecho de que no desenvainaran las espadas en ese momento se debía a que no querían castigar excesivamente lo que podían considerar desconocimiento por parte de una chica tan joven, o si se debía al temor a ser carbonizados en el momento, pues la corta edad de Lorena Wallenstein no le impedía ser una hechicera bastante capaz del Colegio Brillante. En cierta forma, su vehemencia se debía precisamente al hecho de que el feroz viento de Aqshy corría por sus venas.

Aunque eso probablemente no serviría como excusa.

"Somos hombres del Imperio, señora" replicó un noble de Salzenmund con voz dura. "Cosa que usted no, dicho sea de paso. Lo que nos pedís es que nos involucremos en una guerra que a nosotros nos es indiferente"

Tras el penoso asunto del robo del cáliz de Myrmidia, los elfos silvanos se habían desvanecido, volviendo al bosque de Laurelorn y sumiendo a los imperiales en el desconcierto. En un principio muchos de ellos, expresando su ancestral desconfianza hacia los seres feéricos del bosque, habían clamado venganza por la sangre derramada. Pero a medida que se iban aclarando los hechos, que se veía que el cáliz de Myrmidia había sido el objetivo de la imprudente acción y que los muertos habían sido todos de la comitiva de los Wallenstein, que habían tratado de impedir el robo, más se desvanecía el ánimo bélico entre los nórdicos.

Leopold sabía que iba a ser difícil convencer a los nobles de Nordland de emprender una acción militar conjunta contra Laurelorn. Para ellos, él era básicamente un extranjero, un hombre que adoraba a una diosa extranjera y que se había criado en países sureños. Su prometida era, directamente, una tileana que hablaba el reikspiel con un fuerte acento y que vestía de forma estrafalaria para la ruda moda nórdica. A sus ojos, eran casi tan alienígenas como los habitantes de Laurelorn. Eso, sumado a que una expedición de castigo contra el embrujado bosque de los elfos era una misión cuanto menos arriesgada, convertía las posibilidades de recibir ayuda en algo muy remoto.

"A nosotros nos conviene la paz con los habitantes del bosque, joven Wallenstein" dijo el noble más anciano dirigiéndose a Leopold. "Por alguna razón que solo Ulric conoce, el objetivo de su ataque habéis sido vosotros y la reliquia de vuestro culto. No nos opondremos a que hagáis lo que consideréis necesario para reponer el honor de vuestra diosa, incluso marchar sobre Laurelorn si es necesario. Pero me temo que no podréis contar con nosotros"

Leopold sabía que aquel era el desenlace inevitable, como también sabía lo que su prometida iba a opinar al respecto. 

"¡En tal caso, reuniré a todo hombre valiente que pueda encontrar y prenderé fuego al bosque yo misma!"

Imagen del no menos ehselente Clyde Caldwell

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Los elfos conocían aquel lugar como "El Sendero de las Estrellas", pero esos nombres tan rimbombantes carecían de sentido para él y para los suyos. Él había habitado el lugar desde mucho antes de la aparición de ninguna de las razas menores que aparecieron mucho, mucho después, cuando  ya era un anciano. En algún punto en la frontera entre su memoria y sus sueños, frontera cada vez más tenue, podía rememorar el momento en que los eonir pasaron a formar parte del bosque. Eran molestos, pero mucho menos que otras razas menos respetuosas con la naturaleza, con lo que los dejaron estar.

Para los eonir, había pasado mucho tiempo desde aquello. Para él, apenas un suspiro.

Ya era un anciano, incluso para los estándares de su raza. y era raro que abandonara su onírico letargo para volver a la realidad del mundo material. Para él, el inmenso océano de sus memorias era ya un hogar en un sentido más profundo que el bosque, un refugio del que rara vez sentía la necesidad de despertar. No pocas batallas se habían librado a lo largo de aquel sendero, y sabía que muchos de los otros espíritus del bosque más jóvenes y activos habían intervenido para ayudar a los elfos frente a los intrusos. Él rara vez había tomado parte en aquellos enfrentamientos, pues rara vez había sucedido algo por lo que le valiera la pena interrumpir su sopor.

Sin embargo, cuando vio a una hechicera piromántica recorrer el camino al lado de lo que parecía ser un carro cargado hasta arriba de barriles de pólvora, decidió que quizá era momento de despertar.

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Lorena Wallenstein cayó al suelo, con su cuerpo asaeteado y lleno de dolor. Parecía que ninguna de las flechas había atravesado órganos vitales, lo que, dada la puntería de los tiradores, debía ser por su voluntad antes que por la suerte. Eso significaba que iban a capturarla... o a darle una muerte lenta.

En cualquier caso, parecía que no iba a tener demasiado tiempo para lamentar su imprudencia. En ese sentido, la muerte sería bienvenida, pues le ahorraría el terrible dolor del remordimiento. Su expedición a Laurelorn había sido fruto de la ira, ira seguramente justificada, pero irreflexiva, y solo había conseguido atraer a varios buenos hombres a una muerte segura, estúpida e inútil. Por muy grandes que fueran sus poderes y muy determinados que fueran los soldados del Imperio, había seres en el Viejo Mundo contra los que no podían enfrentarse.

Desafortunadamente para ella, parecía que no viviría lo suficiente como para sacar partido de ese aprendizaje.

Vio cómo uno de los elfos, un salvaje semidesnudo con dos espadas, se acercaba a ella con intenciones escasamente amistosas. Un último ramalazo de su furia la conminó a resistir y tratar de abrasar a ese desgraciado, pero rápidamente lo desechó. Estaba demasiado agotada y, en cualquier caso, matar a uno más de ellos no cambiaría nada. Su destino estaba sellado, y si debía ser, era mejor que fuera cuanto antes. Vio cómo el elfo alzaba sus espadas, elevó una plegaria a Myrmidia, y se preparó para reunirse con ella más allá del sol poniente...

"¡Alto!"

El bailarín guerrero detuvo su espada a escasos centímetros del cuello de la humana. Ab´la Val, la cantora de árboles que acompañaba a la expedición y que les había advertido de la incursión de los imperiales, así lo había ordenado. Y obedeció la orden, pero, ebrio como estaba de la música de la batalla y furioso por la brutal profanación que los humanos habían intentado, obvió el respeto debido a una hechicera y gritó:

"¿Queréis salvarle la vida? ¿A esta insensata?"

La hechicera asintió mientras se acercaba a donde se encontraban.

"He leído las hebras de su destino, y no le ha llegado la hora"

"Pues debería" replicó el bailarín, fuera de sí. "Se ha internado en nuestro bosque con un carro repleto de pólvora hasta arriba. Si lo hubiera prendido, todo el bosque habría sido pasto de las llamas. Habría sido uno de los mayores atentados que haya sufrido Laurelorn"

"Lo sé. Pero gracias a Isha, no ha sucedido. Esta humana es joven y está poseída por la llama de Aqshy, y ninguna de esas dos cosas son su culpa. Según crezca en edad crecerá en sabiduría, y cuando aprenda a templar el fuego que domina su alma ganará en mesura"

"Me parecen razones insuficientes para perdonarle la vida"

"Normalmente lo serían. Pero ella está predestinada a librarnos de un gran mal. No sé cuál es, pero he visto en su futuro que su muerte nos perjudica, mientras que su vida nos permitirá derrotar una oscuridad que también a nosotros nos hará daño"

El elfo se calmó ante esas razones, pues no podía discutir los poderes de premonición de la hechicera, que tenía fama de ser una de las más capaces de su raza. La humana estaba vencida, y no podía causar daño alguno al bosque. Si dejarla con vida resultaba beneficioso para los eonir, debería hacerlo, por extraño que le resultara.

"Bastante barata le ha salido esta temeraria incursión entonces" replicó, dándose por vencido.

"No creas que le haces ningún favor al dejarla con vida. He visto también que sufrirá un dolor tan terrible que desearía haber muerto hoy".

Dicho esto, Ab´la Val se arrodilló junto a Lorena Wallenstein y, mientras recitaba un cántico que le sanaba las heridas, le dijo en reikspiel:

"Vuelve con los tuyos, y que tu diosa te dé fuerzas para afrontar tu sombrío destino"

Para terminar, imagen del maravilloso Michael Whelan

5 comentarios:

  1. Qué ganas tenía de relato!!!!!
    Mala cosa deberle favores a los elfos... pero me alegro por la hechicera.
    Este blog está teniendo un hilo narrativo impredecible: apología del alcohol, escalada, dos entradas muy emotivas que presagiaban un parón y luego 3 entradas seguidas. Me tiene muy enganchado.
    Un abrazo

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    1. Muy postdata: me he levantado pensando que una hechicera del colegio brillante encaja como némesis de Chantal.
      Primer pensamiento del día y es fantasía. 40 años tengo.

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    2. Jajajajajajaja... ojalá sea lo mismo con 50, 60 y los que sean. No te preocupes que no estás solo. Yo muchas veces me pongo La Voz de Horus o La Posada del Martillo para dormir...

      La intuición que has tenido es muy correcta, por ahí van los tiros. Ya veremos si algún día se concreta, pero la hechicera elfa y tú habéis visto la misma cosa.

      De todas las entradas, la de la apología del alcohol es la importante, sin duda xD. Parón no creo que haya, me sigue gustando esto, pero sí bajar a cuatro/cinco entradas mensuales. Pero ese ritmo creo que sí lo mantendré.

      ¡Un abrazo!

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  2. Buen relato que deja varios caminos narrativos abiertos para ir haciendo crecer el trasfondo. Seguiremos atentos a ver cómo evoluciona esta rama Wallenstein.

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    1. ¡Muchas gracias! Estos Wallenstein modernos tienen mucha historia que contar... si consigo que dejen de matarse, los muy ceporros.

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