Saludos a todos, damas y caballeros.
Ésta es una entrada atípica, pues por un lado me hace mucha ilusión hacerla, y por otro lado me entristece bastante. Es también una entrada que guarda relación con el tema del blog solo de forma tangencial, pero en realidad el tema principal del blog es ser nuestro (mi) cuaderno de bitácora friki, y lo friki no está disociado de la vida real. A veces querríamos que fuera así, y otras veces es mejor que no lo sea.
Es una entrada que podría haber escrito hace tiempo, pero me la he guardado para el Día del Padre. Creo que ser padre guarda esa doble condición de la que he hablado: por un lado es entristecedora, porque te condena a vivir siempre con el recuerdo de momentos de extrema felicidad que no volverán. Hay una frase terrorífica que dice que algún día cogeremos a nuestros hijos en brazos y será la última vez que lo hagamos, porque crecerán y se convertirán en otra persona, una a la que no podremos llevar en brazos nunca más. Eso me pasa a mí con mi hijo mayor, que tiene ya ocho años, cumplirá nueve este año, y al que no me quedan muchas más oportunidades para cogerlo en brazos, si es que no he tenido ya la última ocasión.








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