jueves, 19 de noviembre de 2020

La Sombra Carmesí


Saludos a todos, damas y caballeros.

Os traigo un relato para la Campaña de Círculo de Hechicería que estoy jugando con mis buenos colegas Jaime y Sedeño. Tras perder la primera partida, cuyo objetivo para mis brujas era intentar controlar un santuario asur, en la segunda partida tengo que intentar adueñarme de una capilla erigida por los caballeros del Grial. A los que odio profundamente. Muy, muy profundamente. Y en esa partida va a debutar una de las muchachas de la cábala de Chantal, Sarai. 


Sarai es un personaje que me resultaba un poco complejo a efectos de reglas, dado que, a diferencia de todas las demás, decidí por Trasfondo que ella no sería hechicera. Eso me limita mucho a la hora de incluirla, pues no hay personajes "humanos" no hechiceros en un ejército de No Muertos, y no quería que fuera una vampiresa, pues Chantal teme y odia a los vampiros. No obstante, no caí en que puede usar un perfil de vampiresa aunque siga siendo, trasfóndicamente, humana. Esto es algo más complejo en Reforged donde los Condes Vampiro y los No Muertos clásicos están en libros separados, pero en sexta no es así, por lo que la usaré como una Lahmia, lo que me permitirá ponerle habilidades que refleje lo buenorra que está. Su perfil de atributos es un poco complicado, particularmente la F5 y sobre todo la I8, pero la Fuerza podemos asumir que procede de usar espadas hechizadas y la I8 de que va hasta arriba de drogas. Concretamente de sombra carmesí, que en Mordheim potencia la Iniciativa, si mal no recuerdo.

Os dejo pues el relato de cómo Sarai se prepara para la batalla. Tal como expliqué en las notas de diseño de Chantal, el relato tiene sus ciertas dosis tanto de erotismo como de violencia. Avisados estáis.

Sarai se reclinó en su elegante silla y dejó la copa de vino blanco en la mesa baja contigua, al tiempo que cogía el vial de sombra carmesí. Mientras acariciaba el cabello de la esclava que le besaba el muslo, abrió el frasco y se dejó embriagar por el dulzón aroma de la droga. El corazón se le aceleró al pensar en lo delicioso que sería estar bajo sus efectos una vez más, ser rápida como una centella, sentirse invulnerable mientras asesinaba y mutilaba. Dejó caer el contenido del vial en la copa de vino blanco, bebió, y se relajó esperando que surtiera efecto.

Otra esclava entró, semidesnuda, en su tienda de campaña. Portaba su espada, el arma con la que daría muerte a todos cuantos se oponían a la voluntad de su amante y maestra, Chantal. La espada era más bien una daga larga, pero había sido forjada por un maestro armero en Estalia, y Nadia, la Bruja de Essen y una de las elegidas de Chantal, había lanzado sobre ella encantamientos tan potentes que su filo brillaba con un tétrico fulgor amatista, el sello de Shyish, el Viento de la Muerte. Era sin duda un arma adecuada para ella, la Emisaria de la Maestra de la Carne.

La esclava entregó el arma a Sarai y, tras eso, se arrodilló frente a ella y besó su empeine. Sarai, por su parte, desenvainó la espada y recorrió su filo con el dedo, satisfecha al ver cómo brotaba la sangre. Sonrió. Quién hubiera pensado que esa iba a ser su vida… desde luego no su padre, quien accedió a que se fuera con Chantal pensando que volvería convertida en una señorita educada en el Imperio. Él no sabía que su hija ya había yacido con aquella imperial en las oscuras y cálidas noches de los Reinos Fronterizos. Y menos aún sabía que su hija no llegaría al Imperio, sino que en una antigua fortaleza olvidada en las Montañas Negras sería iniciada en un reino de lujuria, sadismo y locura sin límites. Sarai jamás pensó que pasaría sus días siendo una de las amantes predilectas de una hechicera. Jamás pensó que no solo no tendría que esconder sus vergonzosas inclinaciones, sino que dispondría de un harén de preciosas esclavas para sí misma. Jamás creyó que podría torturar y asesinar abiertamente y sin necesidad de ocultar el placer que le causaba el sufrimiento ajeno. Jamás creyó que podría aceptar su oscura naturaleza hasta el punto de desearla de esa forma.

Y todo eso se lo debía a Chantal. Ella había sido capaz de mirarla a los ojos y descubrir la locura en el fondo de su alma, el monstruo que nadaba bajo las aparentemente calmadas aguas de su verde pupila. La nigromante imperial había contemplado la maldad de su ser y le había mostrado que no era algo que debiera temer. Al contrario. Chantal era como ella. Todas sus amantes en la Cábala eran como ella. Y Sarai la adoraba porque le había mostrado un lugar donde ser ella misma en toda su perversión y perfidia, algo parecido a… un hogar.

Por eso haría cuanto ella necesitara. Su devoción y fanatismo hacia Chantal era total, lo sabía. Mucho más que el que le mostraban el resto de sus amantes. Quizá fuera porque las demás también eran hechiceras, y ella no. A todas las demás Chantal las había escogido no solo por su belleza sino por su talento mágico, y la única excepción era Sarai. Quizá por eso sintiera esa adoración hacia su mentora. No tenía por qué haberla escogido. No tenía por qué haberla rescatado de sus inhibiciones para liberar al monstruo que dormía enjaulado en las profundidades de su mente. Pero lo había hecho… lo había hecho y Sarai mataría a quien fuera necesario para evitar todo daño a quien le había mostrado el camino.

Miró de nuevo la espada. Los bretonianos y sus aliados elfos estaban mostrando ser muy decididos en su resistencia frente a las hordas no muertas de su señora. Beatrice había fracasado en su intento de corromper el santuario asur, y ahora Chantal en persona iría a ajustar cuentas con los servidores de la Dama. Quería destruir la capilla que los caballeros del Grial habían construido en las inmediaciones. Y Sarai estaría a su lado ayudando a que ejecutara su venganza. Nada sagrado y puro quedaría en pie. La abominación que vivía en su alma no lo permitiría, al contrario, disfrutaría viendo cómo todo aquello a lo que se aferraban las vanas ilusiones de sus enemigos era profanado y violado.

La sombra carmesí empezó a surtir efecto. Sintió el corazón latiendo con más fuerza, sintió la sangre corriendo desbocada por su cuerpo, el vello erizándose. Las esclavas que gemían de puro placer al besarla lo notaron también, y su excitación creció. También ellas habían dejado atrás cualquier tipo de inhibición, además de su dignidad.

En otro tiempo, Sarai no se hubiera atrevido a hacer lo que deseaba hacer. Pero ese tiempo ya había pasado hacía muchos, muchos inviernos.

Cogió la espada y degolló a sus esclavas. Con un rugido animal, mezcla de placer y triunfo, bebió de la sangre derramada, y después salió de la tienda, lista para el combate.

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