Saludos a todos, damas y caballeros.
Tal como he comentado varias veces en este blog, el Elder Scrolls IV: Oblivion es seguramente el juego que más me ha impactado en la vida. No el mejor al que he jugado (ese seguramente será el Darkest Dungeon) pero sí el que más me flipó al probarlo, cosa que fue culpa de Clavy. Tanto es así, que cada vez que llega el otoño, porque Clavy me lo enseñó en septiembre, mi mente empieza a mandar señales de que hay que volver a jugar al Oblivion. Con los días tan raros que hemos tenido hasta hace nada, esas señales me estaban llegando de nuevo, porque mi cuerpo ya no sabía si estábamos en junio o en noviembre.
Esa extraña disonancia climática se ha resuelto de dos maneras: en primer lugar, con un catarro de 24 horas que me a perjudicado el fin de semana y los planes frikis molones que tenía, que tendré que posponer; y, en segundo lugar, echando una partida de la campaña del Refugio del Cuervo, partida bastante molona que podéis ver aquí y cuyo desenlace bien merece un relato, porque quedó bastante molón.
Eso es lo que os traigo hoy. Espero que os guste.










