Saludos a todos, damas y caballeros.
Tras el informe de batalla correspondiente, llega el momento de hacer un relato que cierre la campaña "La Gesta de Wallenstein", que es la forma correcta de dar por terminadas las cosas.
No me voy a entretener en estas palabras introductorias porque todo lo que hay que decir está dicho ya. Solo quiero aprovechar para hacer el enésimo alegato en favor del juego narrativo. Jugar batallas por jugarlas está bien, jugar batallas únicamente para ganarlas es más discutible, pero jugar batallas para contar una historia es lo que hace que trasciendan. Estos momentos en los que personajes ficticios luchan, matan y mueren para conseguir sus objetivos, nobles o malvados, en un mundo inventado no se perderán como lágrimas en la lluvia, sino que permanecerán en el recuerdo. Tampoco quiero darle a esto un toque místico o religioso porque no deja de ser un juego de miniaturas, pero espero que se entienda lo que quiero transmitir: vale la pena dedicar un poco más de esfuerzo a las cosas con tal de hacerlas perdurables.
Soltado este rollo pseudofilosófico (no veas cómo he empezado el año) vamos al relato. Espero que os guste.










